Saber amar no es fácil, y tampoco es que existan reglas para saber hacerlo, todos empezamos a sentir amor o gusto por alguien sin saber que es amor y algunas veces se sufre mucho en el amor, ya que no siempre estamos preparados para afrontar la decepción amorosa. Por eso es importante tener en cuenta algunos puntos sobre este sentimiento que es tan importante en la vida de las personas y que no es fácil de manejar.
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Amar es un sentimiento en el que podemos decidir. Si no lo queremos, nuestro corazón se cierra y es muy difícil llegarnos a entender con otras personas. Pero, si decidimos amar, nuestro corazón se abre y aflora nuestros sentimientos más íntimos, descubriéndonos tal y como somos, de esa manera veremos si encajamos o no con la otra persona.
El temor a entregarse y abrirse a otra persona o descubrir lo que nos desagrada del otro, malogra el intento de amar.
Muchos de nosotros, aunque no nos percatemos ,esperamos dar para recibir algo a cambio. En este caso, el amor no consigue su fin más elevado.
Amar de verdad, significa poder cambiar nuestra perspectiva: poder ver y reconocer a otra persona tal cual es, ir más allá de lo que pensamos para saber lo que la otra persona piensa. Este aprendizaje se da a lo largo de la vida; pero, quizá sea lo más importante y gratificante que podamos hacer.
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Va mas allá de la comprensión
Amar significa también tener esa capacidad de ver y percibir en profundidad a otra persona como la voluntad de dejarnos ver tal como somos. Cuando uno no ama construye esas barreras entre su pareja. El ver y percibir a la otra persona como a nosotros se nos hace difícil al intentar amar.
El amor se pierde cuando en vez de darse un reconocimiento mutuo, se tiende a un intento de sometimiento egoístamente al otro. A veces, quisiéramos que nuestra pareja fuera como nosotros; pero, así no se les está amando de verdad, ya que no es percibida ni escuchada desde su interior y esto causa mucho dolor.
En una relación se busca que seamos escuchados y sobre todo entendidos; queremos ser tal y como somos sin ser juzgados o rechazados.
Si nosotros criticamos, culpamos o nos aferramos a nuestras convicciones, perdemos de manera fugaz la capacidad de ponernos en lado de la otra persona. Y así es que se pierde el amor. Aprender a amar, es la mejor manera para perder el egoísmo y despertamos de mejor manera la compasión que llevamos dentro.
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Está dentro de nosotros
Como cualquier otro sentimiento, el amor nace de nosotros. Si nos percatamos de ello, podemos darnos cuenta que nadie nos da odio, rabia ni amor; sino que nuestros sentimientos afloran ante una situación determinada o ante cierta persona. Esto depende de la actitud que tomamos ante lo que nos sucede; nosotros decidimos si reaccionamos con odio o con amor.
Si tomamos conciencia de que tenemos responsabilidad por lo que sentimos, entonces nos daremos cuenta que culpar o creer causantes a otras personas de lo que sentimos, resulta en vano. Así, podremos descubrir que realmente tenemos control sobre nuestros sentimientos, podemos hacernos sentir bien o mal a nosotros y a los demás.
Conociendo esta faceta de nuestra vida, llegaremos a cambiar la perspectiva de ver al mundo.
Por otro lado, cuando nos dejamos mirar a la otra persona con amplitud y amor viendo sus problemas y dificultades, sus virtudes y defectos, experimentamos la preocupación y la ternura. A esto se le conoce como compasión y no es más que la capacidad de compartir o participar de un sentimiento. Cuando se comparte algo íntimo se muestra la igualdad que nos une hacia la otra persona. Es entonces, que cuando se desea amar ya no es posible que exista un conflicto pues podemos ponernos en la piel de la otra persona y comprenderla.
Pero, para abrirse al mundo y entender a los demás debemos empezar por entendernos a nosotros mismos. Debemos amarnos, aceptar lo bueno y lo malo que tenemos. De esta manera podemos aprender a ver y aceptar a los demás.
Así, entregaremos a los otros algo que íntimamente sabemos, necesitamos y pedimos: un amor basado en el respeto y la independencia mutua que aporte seguridad y confianza.
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Una vida de dos
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Las relaciones en pareja son complicadas porque cada uno tiende a cubrir todas sus expectativas, sus sueños y sus necesidades. Deliramos por encontrarnos con el hombre o la mujer ideal y, al fracasar, creemos habernos equivocado en la elección.
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Lo cierto es que, esta manera de pensar nos lleva a la desilusión, pues siempre vamos a creer que el amor tiene que ser dado por una persona y no es algo que tenemos que construir. Como hemos dicho en líneas atrás, la capacidad y responsabilidad de amar reside en nosotros mismos.
Al iniciar una relación, siendo enamorados, cada uno se abre creyendo encontrar en la otra persona lo que realmente buscaban. Sin embargo, en esta etapa, ambos son extraños entre ellos, simplemente han encontrado a alguien que cubre sus necesidades. Esto produce equívocos en la manera de percibir a la otra persona, pues sólo ve lo que le interesa.
Con el transcurrir del tiempo se descubren nuevas actitudes que asombra a la otra persona, sobre todo, porque piensa que su comportamiento es distinto al principio. Si en este punto se es intolerante hacia el otro con sus verdaderos sentimientos, y si esa manera de sentir prevalece sobre la compasión, el desencuentro puede ser definitivo.
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Ordenar el sentimiento
Para que el amor sea fructífero debe basarse en el equilibrio y la igualdad. Puede ser comparado con una balanza donde lo que se mide es la relación entre lo que se recibe y lo que se da: ahí está el equilibrio. Algunas veces, esta balanza puede inclinarse levemente hacia alguno de los lados, cuando uno de ellos se encuentra más necesitado o más fuerte que su compañero.
Pero, cuando la balanza se mantiene constantemente de un solo lado, empieza a reinar un malestar como señal de que algo no funciona. Siempre existe una compensación cuando al recibir algo se siente el impulso de devolverlo, así fuera algo negativo como positivo. La clave del amor está en dar lo positivo de manera mesurada y responder a lo negativo con menos fuerza de la que se recibió.
A veces, la relación de vuelve disfuncional cuando una de las partes tiende a dar más de lo que el otro puede recibir. Incluso, en estos casos, el que recibe suele enfadarse más, pues no se le deja oportunidad de devolver lo recibido. Mientras que el primero, al dar de sobra, adopta una posición superior, colocando a la otra persona como necesitada y no tan capaz.
Existen otros casos donde el que recibe demás nunca queda satisfecho (la relación se vuelve como de padres e hijos) o las personas se niegan a recibir porque no desean devolver nada para no sentirse obligados. En estos ejemplos no suele proporcionar placer a ninguna de las partes.
El alcance de la felicidad en una relación depende de la cantidad de intercambio que se genera. Entendamos lo siguiente, cuanto más se ofrece, mayor es la satisfacción; pero, también el vínculo es más fuerte y , por lo tanto, la libertad es menor.
Debemos entender que toda relación necesita de cierto compromiso para seguir adelante. La pareja -por lo tanto- debe ser una unión entre dos personas que se saben diferentes pero que se relacionan desde un mismo nivel. Detrás de las diferencias existe una profunda igualdad. Nosotros podemos ampliar nuestra compasión, deteniéndonos un momento a pensar qué camino elegir: el que nos lleva a cerrarnos a nosotros mismos o el que nos lleva al amor.
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